María Mora ha crecido vendiendo caramelos Panini.
Más allá del fútbol: el álbum de la ‘fiebre’ y la nostalgia familiar

Más allá del fútbol: el álbum de la ‘fiebre’ y la nostalgia familiar

En tiempos de la Inteligencia Artificial y redes sociales, pegar los caramelos Panini sigue siendo tan divertido como hace cinco décadas. Completar la cartilla, que está agotada, puede superar el millón de pesos. Una figurita de Messi línea dorada alcanza los 250 mil pesos.

Por Juan Alejandro Tapia
Fotos Óscar Berrocal

Déjà vu. El niño separa el papel y dirige la lámina adhesiva al recuadro marcado con el número 20, del seleccionado argentino: Giuliano Simeone. Tiene 5 años y este es su primer álbum Panini, su iniciación en un rito compartido por millones de familias en el mundo entero. «Pégalo bien, que no se salga del marco», le indica su padre, Andrés Felipe Barros, 32 años, al que se le viene de repente a la cabeza la figura de Diego Pablo Simeone, papá de Giuliano, en una de las cartillas que, siendo todavía un pequeño, más o menos de la edad de su hijo, llenó con su progenitor. «No recuerdo si la de 1998 o la de 2002», me dice mientras su mente parece abrir el baúl del tiempo y sus ojos se iluminan por esa conexión sensorial transmitida de una generación a otra.

Imposible no viajar en el tiempo con Andrés Felipe y su hijo. Viéndolos, a pesar de la distancia que como periodista debo mantener con mis entrevistados, alcanzó a distinguir a mi padre y a ese niño de 11 años atento al sonido de la llave en la cerradura de la puerta, noche tras noche, para correr a hurgar en sus bolsillos en busca de los sobres con los caramelos de México 86. Pocas actividades nos unieron tanto en la vida, la Cofradía del Álbum Panini, una secta para los hombres de la casa —él y yo—, que hoy podría ser tildada de misógina porque marginaba sin el menor escrúpulo a mi madre, ya que en aquellos años el fútbol era casi de exclusividad masculina.

En el último mes, María Mora ha escuchado mil veces la misma historia sobre la complicidad varonil en torno al álbum, pero su caso es diferente: creció rodeada de láminas y cartillas. De niña no solo sabía de memoria los nombres de todos los jugadores de todas las selecciones, también aprendió el valor del trabajo y del dinero. Su padre los sacó adelante, a ella y a sus hermanos, con la venta callejera de artículos relacionados con el fútbol: camisetas, gorras, banderines y, cada cuatro años, el álbum Panini.

En su punto de venta de láminas en el parque Suri Salcedo, María sigue ligada a su padre por el cordón umbilical del álbum del Mundial. El lugar está cubierto con un toldo plástico que intenta en vano servir de protección contra un sol que escupe fuego en la esquina de la carrera 47 con calle 72, frente a uno de los puntos donde varios obreros reconstruyen la que en unos meses será entregada al servicio con el nombre de avenida Shakira. Debido a los retrasos y el sobrecosto de la ampliación vial, el comentario entre vendedores y clientes es que ojalá el alcalde Char hubiese sido tan rápido para terminar la calle como la artista barranquillera para componer con Burna Boy la canción del Mundial, Dai Dai.

Guillermo Mora, el padre de María, es el oráculo de la cartilla Panini en esa zona, el maestro Jedi, el sensei, el Carlo Ancelotti de los vendedores estacionarios. Mientras su hija recibe dinero, entrega los vueltos e intercambia caramelos repetidos (3 x 1), él despeja las inquietudes de los clientes. «Neymar no fue incluido en el álbum de este año porque estuvo todo el tiempo lesionado y fuera de ritmo, pero nos han informado que es probable que salga al mercado una lámina suya. Habrá que pegarla sobre la de Rodrygo, que no alcanzó a recuperarse para el Mundial», explica sobre el desconcierto de los compradores por la ausencia del astro brasileño en la lista de figuras coleccionables.

En 1982, Guillermo fue el primero en detectar la oportunidad de negocio que había con el álbum del Mundial de España y comenzó a venderlo en el parque, por la carrera 46, frente al almacén Ley. Sin embargo, las obras del Transmetro, que acabaron con la vida comercial de esta arteria, lo obligaron a mudarse en la primera década del siglo XXI. De ahí su recelo, como el de la docena de vendedores de láminas que han colonizado la carrera 47, con las demoras en la calle 72. «Ojalá que abran algunos tramos durante los meses de junio y julio para que pueda llegar más gente a comprar durante el Mundial, porque si el cliente no encuentra comodidad se va para otro lado», dice mientras exhibe, orgulloso, los álbumes completos desde Italia 90 hasta Catar 2022, a la venta para los coleccionistas. Son su tesoro. El de Italia, por ejemplo, vale 6 millones de pesos, y con solo abrirlo me devuelve en el tiempo.

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Veintiocho años después, Colombia volvía a un Mundial. La Selección del Pibe, Higuita, Iguarán y Leonel, a la que culminada la eliminatoria se sumó Freddy Rincón, disputaba su último partido de la fase de grupos contra la todopoderosa Alemania y requería de un empate para clasificar a la ronda de octavos como uno de los mejores terceros. Mi desazón hizo que no pudiera contener las lágrimas cuando  Pierre Littbarski anotó para los germanos a dos minutos de acabar el partido.

—¿Por qué lloras si todavía hay tiempo? ¿Así de rápido te derrumbas cuando aparece un problema?

A mi padre jamás lo atrajo el fútbol. ¡Veintidós tipos en pantaloneta tras un balón, qué tontería! Esa era su opinión, yo la conocía perfectamente porque hasta mis 10 años fue también la mía, que lo imitaba, que lo admiraba, que lo seguía. Entonces, quién sabe por qué, tomó una decisión que cambió mi vida: su hijo debía elegir por su cuenta si le gustaba o no ese deporte que apasionaba a mis amigos y a los padres de mis amigos. Y para darme elementos de juicio, nada como llevarme al estadio a ver un juego de Junior y —ya entrados los primeros meses de 1986— comprarme el álbum Panini del Mundial de México. Resultó en que terminé por volverme un afiebrado del equipo barranquillero y un devoto de la cartilla del torneo global de selecciones, que desde entonces he intentado llenar sin éxito cada cuatro años.

«Lo que más me gusta del álbum es que el niño se ha aprendido los nombres de muchos países y el lugar donde quedan en el mapa, es un curso lúdico de geografía», me cuenta Paula, la esposa de Andrés Felipe, una de las tantas madres a las que es frecuente observar por el Suri Salcedo comprando e intercambiando caramelos para sus hijos. Ella es la que sabe con exactitud cuáles son las figuras que les faltan para completar el álbum, porque no lo deja a su memoria, sino que siempre carga en su cartera una hoja con los números de los jugadores que todavía no consiguen, como si llevara un libro de contabilidad.

Al igual que han luchado por un espacio en el fútbol profesional y cada vez ganan más terreno en campos como la dirigencia deportiva y el periodismo, el álbum Panini dejó de ser «cosa de hombres» para unir a toda la familia. El desarrollo a escala orbital del balompié femenino y el buen desempeño de las selecciones colombianas de todas las categorías en los campeonatos organizados por Fifa ha hecho crecer el interés en niñas y adolescentes por la cartilla oficial. «Sueño con el día en que pueda llenar un álbum con las jugadoras que más admiro y que son mi ejemplo a seguir en este deporte», me dice Gisselle Avendaño, de 16 años, futbolista aficionada.

El componente educativo del álbum es incuestionable, no porque me lo contaran los entrevistados, sino porque lo viví. Gracias a la cartilla memoricé desde los 11 años los nombres de capitales europeas y africanas hasta entonces desconocidas para mí, y todavía hoy las recito con el recuerdo fresco de los escudos de sus respectivas federaciones: Sofía, en Bulgaria; Budapest, en Hungría. No confundirla con Bucarest, Rumania; Belfast, Irlanda del Norte; Belgrado, antigua Yugoslavia; Copenhague, Dinamarca. Y, tras aprendérmelas, no tardé en buscar su ubicación en mi libro de geografía.

De las capitales pasé a los apellidos, tan misteriosos y lejanos como los países de donde provenían, y con sonidos consonánticos impronunciables para una lengua acostumbrada a los Pérez y los Gutiérrez. De la entonces Yugoslavia vienen los ‘ic’: Stojković, Josić, Savićević y, recientemente, Modrić. De Rumania, los ‘escu’: Popescu, Dumitrescu, Lupescu. De la extinta Unión Soviética, los ‘ov’: Aleinikov, Protazov, Zavarov, Kuznetsov, la mayoría de origen ucraniano. El hijo de Andrés Felipe y Paula, a sus 5 años, ya conoce la existencia de la isla de Curazao, en el Caribe, y de Uzbekistán, en Asia Central, rival de Colombia.

—Es que siempre es lo mismo. Vamos a perder con los alemanes, aunque estamos jugando bien. No es justo.

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Este año, el fervor por el álbum Panini ha sido mayor de lo que presupuestaban los vendedores en sus cálculos más entusiastas, al punto de que la cartilla de tapa blanda ya es considerada un artículo de lujo en casi toda la ciudad. Está agotada, y su reemplazo es la de pasta dura, que puede conseguirse por 130 o 150 mil pesos. Entre los caramelos convencionales, uno de los más escasos es nada más y nada menos que el de Kylian Mbappé, por el que ha llegado a pagarse hasta 50 mil pesos en el parque Suri Salcedo. Pero el récord lo tiene la figura de Lionel Messi franja dorada, una nueva línea de ‘monos’ coleccionables —no forman parte de la cartilla— que sacó al mercado la compañía. Su precio alcanza los 250 mil pesos. «Esto es verdaderamente oro en polvo», explica César Mora, ‘Coqui’, otro de los hijos de la dinastía de Guillermo, desde un punto de venta distinto al de su padre y su hermana. 

El regreso de Colombia al Mundial luego de ocho años es el principal motivo del fervor de chicos y adultos. Los vendedores reconocen que no es lo mismo cuando la Selección tricolor no clasifica. El otro factor es el gran momento de Luis Díaz en el fútbol de máximo nivel del viejo continente. El caramelo del jugador del Bayern Múnich es uno de los más solicitados por los clientes. «Aquí llegan los papás con sus hijos, pero pasados unos minutos los niños se van a jugar al parque, y los que se quedan llenando el álbum, felices, son los grandes», da testimonio Juan Carlos Ramírez, uno de los vendedores más jóvenes.

Llenar el álbum Panini de la manera tradicional, a punta de comprar sobres de forma aleatoria, puede salir fácilmente por un millón de pesos. Esa es la cantidad que dice Álvaro Ropero haber invertido hasta ahora para compartir esta diversión con su hijo de 15 años. «Es el cuarto que llenamos juntos. En casa tenemos los de Brasil 2014, Rusia 2018 y Catar 2022». Sin embargo, ante la falta de tiempo de muchos padres que desean compartir esta experiencia con sus niños, pero no pueden hacerlo por sus obligaciones laborales, los vendedores ofrecen el ‘combo’ de la cartilla pasta dura con las láminas completas por 1.500.000 pesos.

«Nosotros entregamos el álbum vacío y las láminas de cada equipo en bolsas independientes. Porque la idea no es venderlo lleno, sino que los padres y sus hijos sientan la emoción de pegarlas, de ver cómo va quedando lista cada Selección nacional. En eso consiste el atractivo del álbum Panini, en unir a la familia», detalla el ‘Coqui’ Mora.

La jornada del hijo mayor de Guillermo Mora, como la de la mayoría de los vendedores del parque Suri Salcedo, los de las chazas instaladas frente a Sao de la calle 93 y los de la Olímpica de la carrera 43 con calle 74, comienza a las 6 de la mañana y finaliza a las 8 de la noche, pero, después de eso, llega a su casa a ordenar las figuras por equipos y a seleccionar las de mayor dificultad. Para aprovechar al máximo la fiebre por la cartilla es necesario llevar registros de casi todas las láminas, conocer cómo se mueve la demanda y estar listo a solucionar los requerimientos de los compradores. Solo así un negocio bueno pasa a convertirse en un éxito en ventas.

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—Si pierde Colombia no lleno más ese álbum. Ya no tiene sentido.

Escucharme decir eso no le cayó bien a mi padre, que había invertido tiempo y dinero en el objetivo de completar la edición de Italia 90, porque cuatro años atrás no lo habíamos logrado por un par de jugadores de Corea del Sur, Park Kyung Hoon y Lee Tae Ho, y otro de Marruecos, Abdelettah Rhiati. «Que Colombia pierda no es motivo para dejar tirado un proyecto, recuerda que cuando se cierra una puerta, se abre otra. Así te pasó con Maradona en México», dijo, filosófico, mientras el Pibe Valderrama luchaba una pelota en el medio del campo contra dos alemanes, en el que iba a ser el último ataque colombiano, antes de filtrar al vacío para la aparición de Freddy Rincón.

Lo que ocurrió en el Mundial celebrado en territorio azteca fue mi rendición absoluta a los pies de Diego Armando Maradona tras años de manifestarle a mi padre la admiración que sentía por el astro francés Michel Platini. Para entonces el argentino no había conquistado todavía su primer título con el Napoli, y el galo era el rey del calcio y de Europa con la Juventus. Él fingía prestar atención a mis opiniones sobre uno y otro jugador cada vez que íbamos al centro de la ciudad a comprar las láminas para el álbum, pero tenía temas más urgentes para preocuparse que la disputa por la corona vacante del fútbol orbital. Ya desde ese tiempo éramos el sur y el norte en nuestra manera de ver y entender el mundo, Nápoles y Turín, pero la cartilla Panini fue un puente para comunicarnos y aprender a valorarnos. No era falta de cariño, porque nos amábamos, sino de momentos, actividades y espacios compartidos.

El álbum fue creado por los hermanos Benito, Giuseppe, Umberto y Franco Panini, quienes fundaron la editorial que lleva su apellido en 1961 en la ciudad italiana de Módena. En 1970, tras varios años de haber lanzado al mercado láminas coleccionables de las estrellas del campeonato nacional, tuvieron la brillante idea de asociarse con Fifa para la producción de una cartilla con los rostros de los jugadores de todas las selecciones participantes en el primer Mundial realizado por México.

Desde ese año la empresa es la única con los derechos para explotar las estampitas de los mundiales, un negocio multimillonario que llegó a Colombia en 1982 y no pasa de moda a pesar de la penetración de las redes sociales y la inteligencia artificial. Panini no vende láminas, no vende cartillas, ni siquiera vende fútbol. Lo suyo es un ritual que estrecha los lazos entre familiares, amigos e incluso desconocidos.

—¡Rincón entró al área, papá! ¡Patea! ¡Patea! ¡Goooooool! ¡Golazo de Colombia! ¡Empatamos, papá, empatamos!

—¡Te lo dije! Nunca hay que perder la esperanza. ¿Ahora sí quieres terminar de llenar la cartilla?

—Síííí, claro que quiero. ¡Vamos por más caramelos, papá! Pero ¿sabes algo?, Freddy Rincón no aparece en el álbum.

‘El Coloso de Buenaventura´, como le llamaban, se vistió ese día de héroe. Fue convocado exclusivamente para el Mundial sin participar en las eliminatorias sudamericanas de 1989 y por eso, Freddy Eusebio Rincón Valencia, que en paz descanse, no apareció en los caramelos del Panini Italia 90. Una ausencia que en su momento lamentamos todos los hinchas de la Selección.

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