Los primeros juglares de 1973.
Banda 20 de Julio, patrimonio vivo del Carnaval

Banda 20 de Julio, patrimonio vivo del Carnaval

Por: Libardo Barros Escorcia*

Este 24 de enero, la brisa fresca, enredada en un breve aguacero, ha inquietado a los habitantes de Repelón porque les parece muy raro que llueva en este mes. A lo lejos, el bramido suplicante de un becerro se mezcla con el sonido de una vieja canción que recuerda el imprescindible Carnaval.

La música también trae a la memoria que, desde mediados de 1960 hasta finales de 1980, en este pueblo, situado a 90 minutos de Barranquilla, se vivía en abundancia y prosperidad. Durante ese tiempo, la música de la Banda 20 de Julio le puso ritmo a este júbilo colectivo, interpretando porros, fandangos, merengues, balses y adaptando canciones de moda para animar galas religiosas, procesiones y funerales, veladas oficiales, fiestas populares…

Los sonidos inconfundibles de sus obras calaron tanto en el imaginario colectivo que dicha agrupación pasó a ser parte de la identidad no solo del departamento del Atlántico, sino también del Caribe colombiano. Lo que devino en aporte esencial para los carnavales de Barranquilla y la región. En 1970 patentó su nuevo nombre y lo hizo público en una emisora local: Banda 20 de Julio de Repelón. El estreno trajo consigo otro disco de larga duración.

Sinibaldo Cantillo, su actual director, tenía entonces 7 años de edad y el anhelo de ser músico. Hoy día, además de tocar el trombón, se encarga de gestionar los contratos de la agrupación. En el escenario desborda las dotes del animador de bailes que fue. Y como buen conversador, sabe esperar el momento justo para intervenir:

—En Repelón, primero habitaron indios caribes; de los que se sabe muy poco su destino. Y desde comienzos del siglo XVIII, ya había un poblado de negros cimarrones cercano al Canal del Dique. Después llegaron los demás. Hasta que las inundaciones les hicieron mudarse hacia el lugar más alto, un repelón sobresaliente por su poca vegetación. Lo demás se lo dejamos a la imaginación.

Más allá de las numerosas excusas, a la Banda se le recrimina no haber vuelto a grabar desde hace más de 40 años. Lo cual no incomoda mucho a sus actuales integrantes. Algunos sostienen que muchas de las grandes obras de la humanidad fueron creadas hace miles de años y todavía tienen vigencia. Se muestran más interesados en seguir con la fidelidad y el respeto por lo que antaño cada juglar musicalizó. Lo que ya está grabado en las notas de 17 discos de larga duración. El objetivo inmediato de la agrupación es conseguir los recursos para crear una escuela que continúe el legado de esta icónica y legendaria agrupación.

Recrear la vida

Don Aristóbulo Moreno vino a Repelón a mediados de 1967 para asumir el mantenimiento de la maquinaria utilizada en el cultivo del algodón. Ahora es un octogenario poseedor de una memoria avisada, capaz de nombrar desde las variedades del algodón que aquí se sembraban hasta la procedencia de los mejores repuestos para la reparación de los casi 150 tractores a su cargo. Describe el pasado con la autoridad del protagonista:

—Viví las épocas del esplendor en este pueblo: el algodón, en su segunda etapa,1970, y luego el tomate, a partir de la década de 1980.

Al principio, hubo algodonales hasta en los pueblos vecinos: Manatí, Arenal, Sabanalarga, Baranoa (con grandes talleres de reparación) y muchas veredas. Repelón era el centro de acopio de las cosechas que se trasladaban a la desmotadora de San Pedro (Sucre). En menos de 10 años mudaron la desmotadora a Sabanalarga, lo que facilitaba llevar el algodón al puerto de Barranquilla. Al final, los resultados no fueron los que se esperaban, y el fracaso se les atribuyó a las plagas y al desgaste de la tierra.

Para entonces, don Aristóbulo tenía su propio taller. De la bonanza posterior recuerda con precisión:

—Después de la construcción del distrito de riego, el tomate fue la novedad. Según los agrónomos, el suelo poseía minerales que daban a esta fruta un dulzor especial. Era cierto, tanto que hubo cosechas extraordinarias en las que, después de entregar las cuotas asignadas, el campesino terminaba regalando los excedentes. Pero tampoco duró mucho. Con la apertura económica de 1991, se terminaron los amores y la escasez se ha mantenido hasta nuestros días. De 2.000 hectáreas de cultivos se redujeron a 20.  Entre otras cosas, porque el embalse de El Guájaro nunca se dragó; lo cual, por recomendación de los constructores (1965), debía hacerse cada 20 años.

Como la tierra cambió de dueños, se restringieron los espacios festivos y aumentaron los controles. Solo ha quedado el ruido de los grandes equipos de sonido que embrutece, destruye la identidad y está acabando con la poca decencia que queda. Las condiciones de vida de la población son muy precarias. La gente carece de recursos para afrontar las vicisitudes de la vida. Antes, como no se sojuzgaba tanto a la población, podían sublimar cualquier contingencia. Ante los apuros del día a día, un músico, un compositor o una persona del común asumía cualquier hecho como un insumo fundamental para recrear una solución a través de una narración ingeniosa o en una canción, para festejar después como un logro de todos.

No se podría saber nada de estos lugares, ni contar historias ni escuchar su música sin ese río que va y viene con relativa puntualidad. El rumor de sus aguas se aleja en verano y regresa con las lluvias y con nuevas provisiones.

Sinibaldo Carrillo, que ha protagonizado estos hechos, vuelve a destacar:

—Ninguno de los sonidos de nuestros músicos llegó por casualidad. Ellos eran señores del pueblo pueblo, de esta tierra. Sometidos a los vaivenes de la vida de aquí, así como los de ahora. Por eso, nos extraña que, aunque de nosotros se hable tan bonito en la prensa y la televisión, nos traten con desdén. El pago de una presentación de tres tandas, de una hora cada una, no alcanza los 1.000 dólares, para que se entienda mejor. La verdad, como dicen: no hemos sido profetas en nuestra propia tierra. Fíjese que en estos carnavales 2026 solo hemos tenido una presentación en Polonuevo, aquí en Repelón, no. Creo que nos hemos dejado maltratar, y esto se tiene que acabar.

En Repelón hubo creadores con menos recursos que hoy día. No se dejaron abrumar por el maltrato ni las dificultades. Tenían todas las excusas para persistir en la queja y el victimismo clamando por una redención externa, pero no fue así. Tuvieron la valentía de comprender que donde hay ingenio es posible elevar la existencia a su punto más sublime. Que la vida, pese a sus precariedades, puede vivirse con decoro.

Entonces fue la música

Miguel Iriarte, estudioso de los “grupos de vientos” en la región, afirma que las agrupaciones del Caribe colombiano provienen de las bandas de guerra, porque sus instrumentos tienen mayor sonoridad con respecto a la gaita, caña de millo, flautas, fotutos y pequeños tambores de la música primigenia. Aclara que, anterior a los mencionados instrumentos, los ritmos que se comenzaron a interpretar con estos ya existían. Tal es el caso del porro y el fandango. La novedad consistió en la ampliación de su sonoridad.

Iriarte reitera:

El sonido de la 20 de Julio acoge con destreza la música folclórica de su entorno. Penetra sutilmente por la hendija situada entre las bandas papayeras de la sabana y la música orquestada por Pacho Galán y Lucho Bermúdez.

La notoriedad se consigue cuando la música logra interpretar las particularidades del paisaje de una región, los asuntos cotidianos y la idiosincrasia de sus habitantes, como sucede con la música de las sabanas de Bolívar, Córdoba y Sucre, cuyos ritmos guardan una evidente afinidad con la ganadería, la pesca y la agricultura. Y por obvias razones estimulan celebraciones de los hombres que practican estos oficios. Aunque finalmente se apropiaron del universo de las fiestas patronales y de corralejas. Es la música apropiada para escenarios donde el sonido se debe imponer ante el bullicio de una corraleja de toros.

El musicólogo y especialista en bandas y orquestas populares Javier Jiménez explica:

—Es innegable que esta música tiene un alto nivel de creatividad, por eso no pasa desapercibida. Aunque toma de ritmos norteamericanos clásicos, queda claro que es una música para el baile y la diversión. Por eso, no hay que exigirles una puesta en escena magistral a sus músicos, aunque entre ellos pudiera haber intérpretes excepcionales. Lo valioso también es que aciertan en su estructura rítmica, ejecutada en tiempos equivalentes a cuatro cuartos. Por ello, es una música para bailar…

El sonido de la 20 de Julio no es producto del azar. Para valorarlo hace falta reconocer su entorno y remitirse a sus primeros habitantes. El rastro de sus culturas quedó marcado en los bailes cantados originarios del Canal del Dique y sus zonas de influencia: son de negros, son de pajarito, mapalé y el padre de todos: el bullerengue, entre muchos otros. Insumos fundamentales para hacer sonar distinto cada instrumento, como lo hicieron los fundadores de la Banda: hombres humildes, de campo, que en sus descansos se entregaban a la música. Tal es el caso de Álvaro Cárdenas, quien compuso una apología a la fiesta más concurrida del Caribe: “Carnavales de mi tierra”.

Otro artífice fue el maestro Daudeth Cantillo, quien supo conjugar con su saxo tenor esa herencia primigenia en nuevos sonidos que, sumados al talento de sus compañeros, identifica a la 20 de Julio. Con sus composiciones sublimó el sentimiento de la marginalidad del indio, el negro y el mestizo. Creó temas inolvidables, como “El sindicato”, cuyo propósito era reivindicar las demandas de la clase obrera. Le cantó a la mujer: “María Teresa”; abordó asuntos de la vida cotidiana, como “El palo de macondo”. Coronando su ingenio con la pegajosa sátira “El perro negro”, obra que enseñó a los carnavaleros que una fina humorada también se puede bailar.

Tengo un perro negro pa’ la perra blanca
Tiene un ojo menos y la pobre es manca
El perro no la quiere
No le tiene amor
Porque la perra blanca
No reúne condición…


Esta pieza hace parte de una piquería con un compositor local que no supo cómo responder a otras dos obras grabadas por la Banda: “La boda” y “El matrimonio”. A la postre, se trata nada más que recrear lo que ocurre y tomarlo como diversión colectiva para un momento de solaz.

El baile que libera

El primer grupo en subir a la tarima, levantada en mitad de la calle frente a la Casa de la Cultura de Baranoa, es la Banda 20 de Julio de Repelón, tras anunciarse que la fiesta de sombreros y polleras también celebra el décimo aniversario de esta institución. Al tiempo, cada uno de los músicos escala, mimando en brazos su correspondiente instrumento: tres saxofones altos, dos trompetas, dos clarinetes, una tumbadora, un güiro metálico, un redoblante, un bombo y un bajo eléctrico.

Seguidamente, Sinibaldo exclama: ¡Listos!

Su enérgica voz que infunde ánimo al grupo. Sin más espera, la música se desparrama en la improvisada pista de baile. Las obras interpretadas, que se han escuchado durante muchos años en este pueblo, actualizan pasadas emociones. Las canciones son convincentes versiones que sorprenden a los asistentes, quienes ofrecen a los músicos sonrisas como propinas anticipadas por favores no recibidos.

Por alguna obligada razón, el cuerpo de cada uno pareciera considerar que existe algo más estimable en el baile que la comodidad de una silla. Por lo tanto, las riendas ya no cuentan y el cuerpo actúa a voluntad. La disciplina y los recatos tampoco valen. Cada bailarín parece descubrir que el desconsuelo, la tristeza y la amargura no vinieron con la vida, que hacen parte de una aflicción de diseño para disculpar temores y recelos prescindibles.

Mientras la 20 de Julio toca a rubato “Ajá y cómo se hace”, los asistentes se levantan a bailar enfrentando al fantasma atávico del propio miedo que achacan a otros. Porque bailar es reconocer que la vida puede ser tan breve como los armoniosos sonidos que los convocan. Músicos y bailarines escenifican una natural complicidad, cuya puesta en escena no significa hacer el ridículo, y si lo fuera, poco importa. Porque cantar o bailar es, en esencia, conquistar el deseo más relevante, cuyo único galardón debería ser la suprema alegría de lograrlo.

*Libardo Barros Escorcia, profesor de la Escuela Normal La Hacienda
libardobarros@gmail.com

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